Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 3

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

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Gracias a Vos, Señor, que somos de los vuestros, como lo dan a entender las mismas exhortaciones que nos hacéis y los mismos consuelos que nos dais. Como tan fiel en vuestras promesas, esperamos que por aquella heredad que nos cedió Verecundo, llamada Casiciaco, en la que descansamos en Vos de las fatigas del siglo, después de haberle perdonado los pecados que cometió en este mundo, le daréis la eterna amenidad de vuestro paraíso que nunca se marchita, por estar colocado en aquel monte pingüe, monte vuestro, monte fertilísimo.

6. Se angustiaba, pues, con nuestra determinación el amigo Verecundo, pero se alegraba extremadamente Nebridio. Porque si bien éste tampoco era cristiano todavía, y cayera antes en el pernicioso error de creer que el cuerpo de vuestro Hijo, que es la verdad por esencia, era aparente y fantástico, no obstante, ya había salido de él, bien que permanecía sin recibir sacramento alguno de los preparatorios que usa vuestra iglesia, con todo de ser grandísimo y vigilantísimo indagador de la verdad. Poco después, empero, de nuestra conversión y regeneración por vuestro santo Bautismo, se hizo también él católico cristiano y, vuelto al África, vivió entre sus parientes, observando continencia y castidad perfecta, habiendo hecho cristianos a todos los de su casa, cuando fuisteis servido de sacarle de esta vida, y ahora vive en el seno de Abraham.

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