Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 3

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

Sea lo que fuere lo que se entiende y significa por aquel seno, en él vive mi Nebridio, allí vive mi dulce amigo, a quien Vos, Señor, primeramente sacasteis de la sujeción de esclavo y después le hicisteis hijo adoptivo vuestro. Porque ¿qué otro lugar correspondía a un alma como la suya? Ahora, pues, vive él en aquel seno, acerca del cual solía él preguntarme muchas cosas siendo yo un hombrecillo ignorante y sin experiencia de ellas. Ya no aplica sus oídos a mi boca para escuchar mis respuestas, sino que, como eternamente bienaventurado, pone la boca de su alma a la fuente inagotable de la vida, que sois Vos, y bebe cuanto quiere y cuanto puede de vuestra infinita sabiduría. Pero juzgo que por mucho que se embriague bebiendo sin cesar de ella, no se ha de olvidar de mí, cuando Vos, Señor, que sois esa misma fuente de que él bebe, os acordáis de mí.

Así, pues, nos hallábamos entonces, por una parte consolando a Verecundo, que sin faltar a la amistad se entristecía del método de vida que abrazábamos por nuestra conversión; y al mismo tiempo exhortándole a que abrazase vuestra fe y os sirviese en aquel grado que le correspondía, esto es, en el mismo estado del matrimonio en que se hallaba; mientras por otra parte aguardábamos que nos acompañase Nebridio, que facilísimamente podía ejecutarlo y estaba ya para hacerlo sin demora. Con esto se pasaron finalmente aquellos días, que se me hicieron largos y muchos por el deseo que tenía de verme desocupado para cantaros con todas las potencias de mi alma: Señor, mi corazón os ha dicho que yo he buscado la luz de vuestro rostro: vuestro rostro, Señor, he de buscar.

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