Libro IX · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 8
8. ¡Qué voces os daba yo, Dios mío, cuando hallándome desocupado en aquella quinta, no obstante ser todavía catecúmeno, rudo y bisoño en amaros con verdadero amor, acompañado de Alipio, que era también catecúmeno, y de mi madre, que era por el traje mujer, por la fe varonil, por su ancianidad segura, por su maternidad amorosa, por su piedad muy cristiana, me ocupaba en leer los Salmos de David, cánticos llenos de las verdades de nuestra fe, cantares que inspiran piedad y devoción y excluyen todo espíritu de soberbia y vanidad! ¡Qué voces os daba yo, Señor, leyendo aquellos salmos, y cómo ellos me inflamaban en vuestro amor y encendían en vivísimos deseos de irlos publicando por todo el mundo, si me fuera posible, contra la hinchazón y soberbia del género humano! Bien sé que ya se cantan en todo el universo, verificándose en esto también que no hay quien se esconda de vuestro calor y luz.
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