Libro IX · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 7 de 8
Al mismo tiempo que con los ojos del cuerpo iba leyendo estas cosas y con los de mi espíritu las iba conociendo, prorrumpía en varias exclamaciones, ordenadas a no querer dividir mi corazón, amando la diversidad y multitud de los bienes terrenos, en que precisamente había de gastar yo tiempo, y los tiempos me gastarían a mí; siendo así que hallaba y tenía en la simplicidad de un bien eterno otra suerte de pan, vino y aceite que alimenta eternamente las almas.
11. También, cuando leía el verso que se sigue, exclamaba desde lo más profundo de mi corazón, diciendo aquellas palabras: ¡Oh paz!, ¡oh inalterable descanso! O lo que expresa el Profeta con decir: ¡En su paz y descanso dormiré y gozaré de un consuelo delicioso! Porque ¿quién se nos opondrá, cuando llegue a cumplirse aquella sentencia que consta en la Escritura: Quedó la muerte aniquilada y convertida en victoria? Vos, Señor, sois ese mismísimo Ser, que nunca puede mudarse; y en Vos es donde se halla este descanso perfecto que hace olvidar todos los trabajos, pues Vos sois el único que me establecisteis y disteis seguridad en aquella esperanza que mira a Vos solamente y no aspira a conseguir esa varia multitud de cosas que no son lo que Vos sois.
Estas cosas leía en aquel salmo, y leyéndolas me enardecía, pero no hallaba cómo darme a entender a aquellos herejes tan sordos como muertos, de cuya pestífera secta había sido yo antes, cuando poseído de aquella amargura y ceguedad había ladrado contra las Sagradas Escrituras, que comunican una dulzura que es como una miel del cielo y una luz y resplandor que es vuestra misma luz; por eso me abrasaba la ira, me consumía el enojo de que hubiese quien contradijese a tan divina Escritura.
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