Libro IX · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 8 de 8
12. ¿Cuándo podré recordar ni referir todos los beneficios y dulzuras que experimentó mi alma en aquellos días que estuvimos allí desocupados? Pero no tengo olvidado ni quiero pasar en silencio el riguroso azote con que me castigó vuestra justicia y la admirable prontitud con que me remedió vuestra misericordia. Dispusisteis, Señor, que me acometiese un gran dolor de dientes, que me mortificaba sobremanera, y habiéndose agravado tanto que ya no podía hablar, se me ofreció al pensamiento el pedir a todos mis amigos que me acompañaban, que rogasen por mí a Vos, que sois Dios y Señor de toda la salud. Escribí esto en una tabla encerada y se la di a ellos para que lo leyesen. Y lo mismo fue ponernos de rodillas para haceros la súplica, que desaparecer enteramente aquel dolor. ¡Qué dolor era!, ¡y qué repentinamente desapareció! Confieso, Dios y Señor mío, que me quede atónito y espantado, porque en toda mi vida no había experimentado semejante cosa. Este admirable suceso grabó en mi corazón la idea que yo debía formar de la eficacia de vuestro poder; y alegrándome mucho de la fe que ya tenía en Vos, alabé vuestro santo nombre. Pero esta misma fe no me dejaba tener seguridad y quietud a vista de mis pecados anteriores, que todavía no se me habían perdonado por medio de vuestro santo Bautismo.
Siguiente capítuloÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.