Libro IX · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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Un libro hay mío, que se titula “El Maestro”, y Adeodato es aquel interlocutor que habla allí conmigo. Bien sabéis Vos, Señor, que aquellos pensamientos y sentencias que pongo allí en nombre del que introduzco hablando conmigo, todos son verdaderamente de Adeodato, cuando sólo tenía dieciséis años de edad. Pero otras cosas experimenté en él que eran mucho más admirables. Asombrado me tenía aquel ingenio. ¿Y quién sino Vos puede ser el autor de tan grandes maravillas? Bien presto le sacasteis de este mundo; por eso me acuerdo de él ahora con mayor seguridad, sin temer que le suceda alguna desgracia, pues ni en la infancia, ni en la adolescencia, ni en toda su vida encuentro ni descubro cosa alguna que de ningún modo pueda darme preocupación.
Juntamos, pues, a Adeodato con nosotros, para que en la vida de la gracia fuese nuestro coetáneo y para continuar educándole con arreglo a vuestra ley y doctrina. Finalmente recibimos el Bautismo; y luego al punto se nos quitó aquel cuidado en que nos tenía la memoria de nuestra vida pasada.
Ni me hartaba en aquellos días de la dulzura admirable que causaba en mi alma el considerar vuestra altísima e inescrutable providencia en orden a la salud del género humano. ¡Cuánto lloré también oyendo los himnos y cánticos que para alabanza vuestra se cantaban en la iglesia, cuyo suave acento me conmovía fuertemente y me excitaba a devoción y ternura! Aquellas voces se insinuaban por mis oídos y llevaban hasta mi corazón vuestras verdades, que causaban en mí tan fervorosos afectos de piedad, que me hacían derramar copiosas lágrimas, con las cuales me hallaba bien y contento.
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