Libro IX · Capítulo 9
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 5
20. También a puros obsequios y por medio de una continua paciencia y mansedumbre supo vencer el ánimo de su suegra de tal suerte, que siendo así que antes la tenía muy enojada por los chismes de algunas malas criadas, la suegra misma de su propia voluntad se quejó de ellas a su hijo Patricio, le descubrió cuáles eran las que con sus malas lenguas habían sido causa de que ella estuviese mal con su nuera y de que se hubiese perturbado la paz de su casa, y le pidió que las castigase como correspondía. Así, después que él, ya por dar gusto a su madre, ya por cuidar del buen gobierno de su familia, ya por atender a la paz y concordia de dos personas tan suyas como esposa y madre, castigó a las acusadas a satisfacción de su madre, que las había acusado; dijo ésta misma a todas las criadas que aquéllos eran los premios que de allí en adelante debía esperar de su mano cualquiera que, juzgando que le agradaba, le fuese a contar algo de su nuera. Y no atreviéndose ya ninguna de ellas a ejecutar tal cosa, vivieron las dos con benevolencia y unión de corazones tan gustosa como memorable.
También Vos, misericordiosísimo Dios y Señor mío, habíais dado a aquella tan buena sierva vuestra, en cuyas entrañas me creasteis, el excelente don de apaciguar siempre que podía los ánimos de cualesquiera que estuviesen entre sí reñidos y discordes. Se portaba con tal prudencia, que oyendo de ambas partes todas las quejas, desabrimientos y palabras descompuestas que la enemistad colérica e indigesta suele dictar y proferir, cuando con una amiga presente habla otra de su enemiga ausente en confianza, exhalando por sus bocas la crudeza de sus odios y rencores, nunca descubría a las unas lo que había oído a las otras, sino aquello solamente que podía servir para reunirlas y reconciliarlas.
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