Libro IX · Capítulo 11
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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También supe después, cómo en aquel mismo tiempo que nos detuvimos en el puerto de Ostia, un día en que yo me hallaba ausente, estuvo mi madre hablando con unos amigos míos, a quienes trataba con la confianza que pudiera una madre con sus hijos, acerca del menosprecio de esta vida y de los bienes y utilidades de la muerte. Admirándose ellos de la excelente virtud que Vos habíais concedido a aquella piadosa mujer, le preguntaron si verdaderamente no le daría sentimiento alguno el morir allí y dejar su cuerpo en una tierra tan lejos de su ciudad y patria, a lo que ella respondió: Nada hay lejos para Dios; ni hay que temer que se le olvide o no sepa el lugar donde está mi cuerpo, para resucitarme en el fin del mundo.
En fin, aquella alma tan llena de religión y piedad fue desatada de las ligaduras del cuerpo al noveno día de la enfermedad referida, a los cincuenta y seis años de su edad, y a los treinta y tres de la mía.
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