Libro IX · Capítulo 12
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 5
30. Después que a nuestras persuasiones, como he dicho, reprimió las lágrimas y clamores Adeodato, cogió Evodio un salterio y comenzó a cantar aquel salmo: Vuestra misericordia, Señor, y vuestra justicia cantaré en vuestra presencia; y le respondíamos todos los que estábamos en la casa. Al ruido de nuestras voces acudió gran número de personas fieles y piadosas de uno y otro sexo; y mientras que los que tienen esto a su cargo, disponían todas las cosas que según costumbre se requerían para el entierro, yo, en un lugar retirado, donde podía estar sin menoscabo de mi decoro en compañía de algunos que no tuvieron por conveniente el dejarme solo, trataba y conversaba de aquellas materias que me parecían oportunas y propias de aquella ocasión. Esta disputa e indagación de la verdad servía como bálsamo de mi dolor y tormento, que solamente a Vos era notorio, pues los demás que me acompañaban y oían atentamente nuestras conferencias, no solamente ignoraban mi pena y sentimiento, sino que juzgaban que estaba sin pesadumbre ni dolor alguno. Pero bien llegaban a vuestros oídos las interiores voces de mi alma, con que yo me reprendía a mí mismo la debilidad y poca fortaleza de mi afecto, aunque los circunstantes no pudiesen oírlas. También delante de Vos comprimía el ímpetu de mi tristeza, la que cesando por brevísimo tiempo, volvía a prevalecer y apoderarse de mi corazón, aunque no tanto que me hiciese prorrumpir en lágrimas ni se advirtiese alguna mutación en mi semblante; pero yo bien sabía cuán gravemente oprimido estaba mi corazón y acongojado. Y como por otra parte me desazonaba mucho el que hiciesen en mí tan fuerte y poderosa impresión estos sucesos humanos, que forzosa y necesariamente han de acaecer, ya por el orden que vuestra providencia tiene establecido, ya por ser propios de nuestra condición y naturaleza, con otro nuevo dolor sentía mi dolor primero y me afligía con duplicada
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