Libro IX · Capítulo 12
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 5
29. Pues ¿qué era, Señor, aquello que tan gravemente sentía en lo interior de mi alma, sino la herida reciente que en ella había causado el haberse disuelto repentinamente aquella costumbre de vivir en su compañía, que me era tan sumamente amable y deliciosa? Es cierto que me complacía mucho lo que mi madre había testificado de mí, aun en esta su última enfermedad, en la cual como halagándome por los obsequios que yo le hacía y lo que la cuidaba, me llamaba hijo piadoso; traía también a la memoria con grande afecto y ternura que jamás había oído de mi boca palabra ni voz alguna que le fuese molesta ni injuriosa. Pero a la verdad, Dios mío y mi Creador, ¿qué importaba todo esto, ni si era comparable el reconocimiento y respeto que yo le tuve con los cuidados y servicios que le debía? Así, viendo yo que quedaba desamparado de tan grande consuelo como de ella recibía, mi alma estaba traspasada del dolor y pena, y parece que mi vida se despedazaba, pues la mía y la suya no hacían más que una sola.
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