Libro IX · Capítulo 12
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 5 de 5
Divino Creador del universo, que los cielos regís de polo a polo, engalanando el día con el terso y hermoso resplandor que el Sol da sólo; y que la noche, para fin diverso, vestís de luto con gustoso dolo de los sentidos, que al trabajo adverso habilita los miembros fatigados, por medio del descanso y el reposo, para que por el sueño confortados vuelvan a su ejercicio laborioso: asimismo las almas angustiadas con cuidados, disgustos, sutilezas, mediante el sueño, miran aliviadas sus penas, aflicciones y tristezas, etc.
32. Pero desde estas consideraciones volvía a recaer poco a poco en los antecedentes y pasados sentimientos, acordándome de aquella vuestra sierva, de su vida y conducta fiel, tan piadosamente ordenada a Vos, como santamente halagüeña y suave para mí; y no pudiendo reprimir el sentimiento de verme privado de ella repentinamente, me dio gana de llorar delante de Vos por ella y por mí; tomando motivos para llorar de su proceder y el mío. Así solté el dique a mis lágrimas, que hasta entonces tenía represadas, dejándolas correr cuanto quisiesen, hasta que nadase y descansase mi corazón en ellas; como efectivamente descansó por ser Vos el único testigo que había de mi llanto, no habiendo allí persona humana que diese a mis lágrimas alguna interpretación vana y siniestra.
Ahora, Señor, también os lo confieso por escrito; léalo el que quisiese e interprételo como gustare. Si le pareciere que hice mal y pequé por haber llorado a mi madre por un corto espacio de tiempo, a una madre muerta allí ante mis ojos y que por muchos años me había llorado a mí para que viviese a los vuestros, le pido que no se ría de mi llanto; antes bien, si tiene bastante caridad, llore él también por mis pecados delante de Vos, Dios mío, que sois el Padre de todos aquellos fieles que son hermanos de vuestro Hijo Jesucristo.
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