Libro IX · Capítulo 13
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 5
35. Yo bien creo que ya Vos habréis ejecutado lo mismo que os suplico; pero llevad a bien, Señor, que yo os explique estos deseos de mi voluntad, cuando os ruego por una madre tan cristiana, que estando ya próximo el día de su muerte, no pensó siquiera en que su cuerpo se enterrase con aparato suntuoso, ni en que fuese antes embalsamado, ni deseó que le colocasen en un sepulcro distinguido y separado, ni cuidó de que le llevasen al que en su patria tenía preparado. Nada de esto nos mandó, sino únicamente que nos acordásemos de ella en el sacrificio del altar, al cual todos los días asistía y cooperaba indispensablemente. Sabía que en él se ofrecía y sacrificaba aquella Víctima santa, con cuya sangre se borró la cédula del decreto que había contra nosotros y quedó vencido nuestro mortal enemigo, que es el que se ocupa en hacer el cómputo de nuestros pecados, el que por más solícito que anduvo buscando algún defecto que oponer contra la santidad de Aquél por quien le vencimos, no halló imperfección alguna que fiscalizar.
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