Libro X · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
Para que yo lo pudiese ejecutar no me bastaría que vuestra palabra sólo hablando me lo mandase, si además no me hubiera precedido ejecutando lo mismo que había mandado. Pues también yo hago esto que me mandáis con mis hechos y con mis dichos. Esto hago bajo la protección de vuestras alas, y es cierto que lo haría con grandísimo peligro, a no estar mi alma debajo de la protección de vuestras alas y a no seros notoria mi flaqueza.
Es verdad que yo soy un parvulillo, pero mi Padre vive siempre y es eterno, y en él tengo el tutor que necesito. El mismo que me dio el ser es mi tutor; Vos, Señor, sois para mí todo esto y todos mis bienes juntos: Vos sois el Todopoderoso, que estáis siempre conmigo, aun antes que yo estuviese con Vos. A aquéllos, pues, a quienes me mandáis que sirva en esto, me descubriré y les manifestaré, no ya lo que he sido antes, sino lo que ya soy, y lo que todavía soy; sin embargo, no me juzgo a mí mismo con el juicio más exacto, cabal y perfecto, bajo cuyo concepto se ha de entender lo que les voy a decir.
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