Libro X · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 5
Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios; y no obstante eso, amo una cierta luz, una cierta armonía, una cierta fragancia, un cierto manjar y un cierto deleite cuando amo a mi Dios, que es luz, melodía, fragancia, alimento y deleite de mi alma. Resplandece entonces en mi alma una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no lo arrebata el tiempo; se siente fragancia que no la esparce el aire; se recibe gusto de un manjar que no se consume comiéndose; y se posee estrechamente un bien tan delicioso, que por más que se goce y se sacie el deseo, nunca puede dejarse por fastidio. Pues todo esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.
9. Pero ¿qué viene a ser esto? Yo pregunté a la tierra y respondió: No soy yo eso; y cuantas cosas se contienen en la tierra me respondieron lo mismo. Le pregunté al mar y a los abismos, y a todos los animales que viven en las aguas y respondieron: No somos tu Dios; búscale más arriba de nosotros. Pregunté al aire que respiramos y respondió todo él con los que le habitan: Anaxímenes se engaña porque no soy tu Dios. Pregunté al cielo, Sol, Luna y estrellas, y me dijeron: Tampoco somos nosotros ese Dios que buscas. Entonces dije a todas las cosas que por todas partes rodean mis sentidos: Ya que todas vosotras me habéis dicho que no sois mi Dios, decidme por lo menos algo de él. Y con una gran voz clamaron todas: Él es el que nos ha hecho.
Estas preguntas que digo yo que hacía a todas las criaturas era sólo mirarlas yo atentamente y contemplarlas, y las respuestas que digo me daban ellas es sólo presentárseme todas con la hermosura y orden que tienen en sí mismas.
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