Libro X · Capítulo 14
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
Tal vez podrá decirse que así como en los animales el manjar sale del estómago a la boca rumiándole, así estas cosas salen de nuestra memoria acordándonos de ellas. ¿Cómo, pues, en el pensamiento, que es la boca del alma, no se siente lo dulce de la alegría ni lo amargo de la tristeza, cuando se trata o se disputa de ellas, extrayéndolas así de la memoria? ¿Acaso es esto en lo que no tienen semejanza, pues ya hemos dicho que no la tienen en todo? A no haber esta distinción, ¿quién habría que voluntariamente nombrase tristeza o miedo si todas las veces que se hubiesen de nombrar estuviésemos precisados a tener y sentir miedo o tristeza? Es cierto que no hablaríamos de ellas, ni podríamos nombrarlas si no halláramos en nuestra memoria, no solamente las voces significativas de tales pasiones (las cuales se representan en las imágenes impresas en la memoria por los sentidos del cuerpo), sino también las nociones o ideas de las mismas cosas, las cuales por ninguna de las puertas del cuerpo entraron en la memoria, sino que sintiendo el alma y experimentando en sí misma sus pasiones, encomendó a la memoria sus ideas; o bien ella por sí misma, sin que se las entregasen, las tenía recogidas para sí.
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