Libro X · Capítulo 20
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 2
No sé cómo han llegado a conocer la bienaventuranza, de la cual tienen no sé qué noticia, que deseo averiguar si reside en la memoria, pues si residiese en ella, se inferiría de esto que en algún tiempo ya habíamos sido todos bienaventurados. No trato ni examino ahora si esto se debe entender de todos los hombres, y de cada uno en particular, o si la dicha bienaventuranza la tuvimos solamente en aquel hombre que pecó el primero, en el cual todos pecamos y morimos, y de quien todos nacimos cargados de miserias. Solamente quiero averiguar ahora si la idea y noticia que tenemos de bienaventuranza reside en nuestra memoria, porque no la amaríamos si no la conociéramos.
Oímos este nombre bienaventuranza y todos confesamos que amamos y apetecemos lo que aquella palabra significa, porque lo que nos deleita y enamora, no es el material sonido de aquella palabra, pues si un griego la oye nombrar en latín, no le mueve ni deleita aquella voz, porque suponemos que no entiende lo que significa, pero nosotros, que la entendemos, nos deleitamos y aficionamos a ella, como el griego también se aficionaría si la oyera nombrar en su propio idioma: la cosa significada en dicho nombre no es griega ni latina, pero griegos y latinos, y todos los hombres del mundo, de cualquiera nación que sean, suspiran por ella y desean alcanzarla. Luego de todos los hombres es conocida y a todos les es notoria, de modo que si pudiera preguntarse a todos de una vez, y con una misma voz, si querían ser bienaventurados, sin detenerse a pensarlo y sin dudar en ello, todos responderían que sí; esto no sucedería si no estuviera en su memoria la cosa que corresponde por significado a este nombre bienaventuranza.
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