Libro X · Capítulo 30
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
42. ¿Por ventura, Dios mío todopoderoso, no tiene fuerza y poder vuestra divina mano para curar perfectamente todas las enfermedades de mi alma y apagar también con vuestra gracia más especial y activa los movimientos impuros que padezco en sueños? Yo espero, Señor, que aumentaréis más y más en mí vuestras gracias y dones, para que mi alma, libre y enteramente desprendida de la pegajosa liga de toda concupiscencia, pueda seguir sin estorbo los movimientos y afectos que me llevan hacia Vos, y no sea rebelde a sí misma; antes bien, aun entre sueños, no solamente quede libre de ejecutar aquellas torpezas de corrupción que en fuerza de las imágenes animales llegan a hacer su propio efecto en la carne, sino que también esté muy lejos de consentirlas. Respecto de un Dios omnipotente, que podéis hacer mucho más de lo que nosotros podemos pedir ni pensar, no sería cosa muy grande ni dificultosa el hacer que atendido no sólo este método de vida que sigo, sino también esta edad que tengo, ninguna de aquellas impurezas haga en mi alma entre sueños la más leve impresión contraria a la castidad, que también con la más leve atención pudiera estorbarse o reprimirse.
Pero el estado en que me hallo por ahora en cuanto a este género de mal ya lo he confesado a Vos, Dios y todo mi bien, alegrándome (aunque con algún temor todavía) por el bien que ya me habéis concedido, llorando por lo que aún me falta y esperando que Vos perfeccionéis los buenos efectos que han obrado ya en mí vuestras misericordias, hasta concederme aquella paz cumplida y perfecta que ha de haber con todas las potencias y sentidos de mi alma y de mi cuerpo, cuando se verifique que la muerte quede tan cumplidamente vencida, que toda su guerra se mude en victoria.
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