Libro X · Capítulo 31
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 6
43. También el día nos ocasiona otro mal y daño, ¡y ojalá que éste fuera único y solo! Porque todos los días reparamos por la comida y bebida las ruinas que cotidianamente padecen nuestros cuerpos, hasta que llegue el día en que Vos destruyáis, no sólo las viandas, sino también al estómago que las destruye a ellas, que será cuando matéis mi hambre y necesidad enteramente con aquella soberana hartura y vistáis a este corruptible cuerpo de una incorruptibilidad perpetua y sempiterna. Pero al presente esta hambre y necesidad me es suave y deliciosa, y tengo que pelear contra este mismo deleite y suavidad, para no dejarme prender y cautivar de ella: esta guerra es cotidiana en los ayunos, pues ayunando con frecuencia para reducir mi cuerpo a la sujeción y servidumbre, sucede que esa misma molestia del ayuno hace después más agradable y deleitoso el alimento.
El hambre y la sed son ciertos dolores que incomodan, abrasan y consumen como una calentura, y causarían la muerte a cualquiera, si no se les socorriese con la medicina de los alimentos; como ésta la tenemos tan a mano, por la abundancia de vuestros dones, con los cuales hacéis que la tierra, el mar, el cielo contribuyan y sirvan a nuestra necesidad y dolencia, esta especie de trabajo y calamidad se llama ya gusto y regalo.
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