Libro X · Capítulo 31
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 6
45. Oigo la voz de mi Dios que me impone este precepto: No se agraven ni entorpezcan vuestros corazones con los manjares ni con la embriaguez. El exceso del vino o la embriaguez está bien lejos de mí, y espero que me concederá vuestra misericordia que no se me acerque nunca. Por lo que toca al exceso en la comida, alguna vez, sin advertirlo, se me ha insinuado; Vos, Señor, usaréis conmigo de vuestra misericordia para que se aleje de mí todo lo que fuere exceso, porque ninguno puede tener templanza si Vos mismo no se la concedéis.
Muchas gracias y beneficios nos concedéis, porque os lo suplicamos: todo el bien que había en nosotros antes que os suplicásemos, de vuestra mano, Señor, lo habíamos recibido, y este mismo conocimiento también es dádiva vuestra. Es cierto que yo nunca fui apasionado por el vino, pero he conocido a algunos que, siendo antes muy dados al vino, Vos los hicisteis sobrios y templados: luego Vos también hicisteis que no fuesen destemplados en el beber vino los que nunca lo fueron, así como hicisteis que no lo fueran siempre aquéllos que antes lo habían sido; Vos también hicisteis que los unos y los otros reconozcan quién fue el autor de aquel bien que se les hizo.
También, Señor, tengo oída aquella palabra vuestra, en que decís: No sigas tus apetitos y apártate de tu propia voluntad. También oí por gracia vuestra otra palabra que fue muy de mi gusto, en que decís: Ni porque comamos tendremos de sobra, ni porque no comamos tendremos escasez. Que es lo mismo que decir: Ni lo uno me hará rico, ni lo otro me hará pobre. Otra voz oí también vuestra, en que decís: He aprendido a contentarme con cualquier estado en que me halle: sé vivir con abundancia y sé padecer pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta.
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