Libro X · Capítulo 31
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 5 de 6
De Vos, Señor, he aprendido todas estas doctrinas: por lo cual os alabo y doy repetidas gracias a Vos, Dios mío y Maestro mío, que, además de haberos dignado hacer que oyese vuestras palabras, ilustrasteis mi corazón para entenderlas. Libradme también de todas las tentaciones a que me veis expuesto.
Lo que yo temo no es la inmundicia del manjar, sino la del apetito. Sé que Vos disteis licencia a Noé, para que comiese de toda especie de animales que tuviesen carnes saludables y buenas; que Elías también se alimentó de carne; que San Juan Bautista, que practicó una abstinencia admirable, no incurrió en inmundicia ni manchó su alma por alimentarse de unos animalejos tan viles como son las langostas. Sé, por el contrario, que Esaú fue engañado por el destemplado apetito que tuvo de comer unas lentejas; que David se reprendió a sí mismo por el deseo que tuvo de beber un poco de agua, y que el demonio, queriendo tentar a nuestro Rey y Señor, no le propuso que comiese carne, sino, que comiese pan. Y finalmente, el pueblo de Israel, a quien Vos mismo guiabais por el desierto, si mereció ser sorprendido y reprobado, no fue porque deseó alimentarse de carne, sino porque llevado del deseo de este manjar, se quejó y murmuró de su Dios y Señor.
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