Santos Apóstoles · Kindle

Libro X · Capítulo 34

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 4

Letra pequeñaMedianaGrande

52. ¡Oh luz, aquella que veía Tobías cuando cerrados los ojos corporales enseñaba a su hijo el camino de la vida, yendo delante de él en las obras de caridad que hacía, sin errar en tales pasos el camino ni extraviarse nunca! ¡Oh luz, aquélla que veía Isaac, cuando ya la vejez le tenía oscurecidos y cerrados los ojos corporales, y sin conocer los hijos a quienes bendecía, mereció conocerlos en las bendiciones que les aplicaba! ¡Oh luz, que veía Jacob, cuando ciego también por la mucha edad, pero ilustrado interiormente, conoció que sus hijos habían de ser cabezas de las doce tribus que formarían en lo venidero el escogido pueblo de Israel, y en atención a este conocimiento, cruzó las manos misteriosamente al tiempo de imponerlas sobre sus dos nietos, hijos de José, guiándose al encontrarlas, no por lo que el padre de ellos le dictaba, sino por lo que él mismo en su interior conocía! Esta luz sí que es la verdadera, ésta es única y sola, y todos los que la ven y aman son una cosa misma.

Pero esta luz material de que iba hablando, con una dulzura tan atractiva como peligrosa, hace gustosa y sazonada la vida de este mundo a sus ciegos amadores; pero aquéllos que de esa misma luz saben tomar motivo de alabaros, Dios mío y creador de todas las cosas, la hacen servir a vuestros himnos y alabanzas, y no se dejan dominar del letargo que causa en los primeros el atractivo de sus dulzuras.

Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.