Libro X · Capítulo 35
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 5
55. De aquí se puede conocer más claramente cuándo es el deleite y cuándo es la curiosidad quien hace obrar a nuestros sentidos, porque el deleite siempre busca lo hermoso, lo sonoro, lo fragante, lo sabroso, lo suave, pero la curiosidad busca aun lo contrario de todo esto, no para mortificarse, sino por el prurito de saberlo y experimentarlo todo. Porque a la verdad, ¿qué deleite puede haber en mirar un cadáver lleno de heridas y despedazado, siendo una cosa que espanta y horroriza? Con todo esto, si en alguna parte hay este lastimoso espectáculo, concurren todos a verle y, conseguido, se entristecen y asustan. Además de esto, temen ver eso mismo entre sueños, como si alguno los hubiera obligado a que lo vieran cuando estaban despiertos, o la fama y noticia de que allí había que ver una grande hermosura los hubiera persuadido y llevado a que lo vieran. Lo mismo pudiéramos decir de los demás sentidos, pero sería muy largo ir poniendo ejemplos en todos.
De este achaque y dolencia de la curiosidad ha nacido todo cuanto se ejecuta de extraño y admirable en los espectáculos. Ella es la que nos hace andar investigando los efectos ocultos de la naturaleza, que no es exterior y está fuera de nosotros, que para nada aprovecha averiguarlos, y los desean saber los hombres no más que por saberlos; con el mismo fin de satisfacer su curiosidad perversa procuran averiguar algunas cosas por arte mágica. Ella es, finalmente, la que en el seno mismo de la Religión ha incitado a los fieles a tentar a Dios, pidiéndole milagros y prodigios, no para conseguir algún bien o salud del cuerpo o alma, sino por espíritu de curiosidad.
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