Santos Apóstoles · Kindle

Libro X · Capítulo 35

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 4 de 5

Letra pequeñaMedianaGrande

57. No obstante, ¿quién hay que pueda contar la innumerable multitud de cosas menudísimas y despreciables con que es tentada nuestra curiosidad todos los días, y nuestras caídas? ¿Cuántas veces nos sucede que comenzamos a oír con gusto algunas conversaciones inútiles y vanas, que al principio aguantamos por no ofender a los que están hablando, y después venimos poco a poco a oírlas con voluntad y gusto? Ya no voy al circo a ver a un perro correr tras de una liebre, pero si sucede esto en el campo, y casualmente paso por allí al mismo tiempo, acaso me distrae y aparta de algún pensamiento grande y bueno, y me hace mirar y atender a aquella caza, no de modo que me haga extraviar con el caballo, pero sí con la voluntad y afecto. Si Vos, dándome entonces a conocer mi flaqueza, no me excitarais prontamente a que de aquello mismo que estoy viendo, levante mi espíritu y consideración a Vos, o por lo menos a que desprecie todo aquello y prosiga mi camino, me estaría embebecido vanamente. ¿Cuántas veces también, estando en casa, me tiene entretenido ya el animalejo que llaman alguacil de moscas, parándome a mirar cómo las caza, ya una araña, observando cómo las aprisiona, después de que caen en sus redes? ¿Acaso porque sean pequeños animales se podrá decir que no ejercitaron mi curiosidad ni causaron verdadera distracción? Es verdad que de esto mismo paso después a alabaros, por el orden admirable que habéis establecido y guardan entre sí todas las criaturas del universo; pero también es verdad que cuando comencé a atender, no comencé con este fin. Una cosa es levantarse presto y otra no caer.

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