Libro X · Capítulo 36
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
58. Vos, Señor, sabéis cuánto me habéis mudado en algunas cosas, sanándome primeramente del deseo de vengarme, para que, perdonando yo, me perdonéis a mí también todas las demás maldades, sanéis todas mis dolencias, redimáis mi alma de la perdición y muerte eterna, me deis la corona ganada con vuestras gracias y misericordias, y saciéis mis deseos con bienes interminables e infinitos.
Vos me hicisteis temer el rigor de vuestro juicio, y con este temor santo reprimisteis mi soberbia y me hicisteis que sujetase dócilmente mi cerviz al yugo de vuestra ley. Ahora llevo este yugo y me parece suave, porque Vos prometisteis que lo sería, y habéis hecho que lo sea: verdaderamente era suave, y no lo sabía yo cuando tenía miedo de sujetarme a él.
Mas ¿por ventura, Señor, que sois el único que domina sin fausto ni altivez, porque también sois el único verdadero Señor, que no reconocéis otro, por ventura, vuelvo a decir, podré esperar verme libre enteramente de esta tercera especie de tentación que trae consigo el mandar, o es posible librarse de ella durante todo el curso de esta vida?
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