Libro X · Capítulo 36
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
Pero nosotros, Señor, que somos vuestro pequeño rebaño, vuestros somos, poseednos siempre Vos. Extended vuestras alas, para que huyendo de nuestros enemigos, nos refugiemos y acojamos debajo de ellas. Sed Vos nuestra única gloria y haced que solamente en Vos nos gloriemos, y que si nos aman, seamos amados por Vos; si nos temen, sea vuestra divina palabra la que se tema y se respete en nosotros. El que quiere ser amado de los hombres, vituperándole Vos, no será defendido de los hombres cuando Vos le juzguéis, ni ellos podrán libertarle si le condenáis.
Pero cuando la alabanza es tal que ni con ella es alabado el pecador en los malos deseos de su alma, ni bendecido el inicuo, sino que es alabado el hombre por alguna gracia y don que Vos le concedisteis, y él se alegra más de ser alabado que de tener aquel don por el cual le alaban, se verifica que éste es alabado vituperándole Vos; y es mejor el otro que le alabó que éste que fue alabado, porque a aquél le agradó en el hombre el don de Dios, y a este otro le agradó más el don del hombre que el de Dios.
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