Libro XI · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 4
Os confiese yo todo cuanto en vuestros Libros hallare, y oiga la voz de vuestra alabanza (Ps., 25, 7), y beba de Vos, y considere las maravillas de vuestra Ley (Ps., 118, 18) desde el principio, en que creasteis el Cielo y la tierra (Gen., 1, 1), hasta el reino con Vos perpetuo de vuestra santa ciudad.
4. Señor, apiadaos de mí, y escuchad mi deseo (Ps., 26, 7), pues pienso que no es deseo de la tierra, no de oro y plata y piedras preciosas, o de hermosos vestidos, o de honras y mandos, ni de deleites de carne, ni de las cosas necesarias al cuerpo y a esta vida de nuestra peregrinación, todo lo cual se nos da por añadidura a los que buscamos vuestro reino y vuestra justicia (Mt., 6, 33). Ved, Señor, de dónde proviene mi deseo: Los impíos me contaron sus deleites; mas no son como vuestra Ley, Señor (Ps., 118, 85). He aquí de dónde proviene mi deseo; vedlo, Padre; mirad, y vedlo, y aprobadlo. Sea tenido por bueno en presencia de vuestra misericordia que halle yo gracia delante de Vos (Ex., 33, 13), para que al llamar, se me abran las interioridades de vuestras palabras.
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