Santos Apóstoles · Kindle

Libro XI · Capítulo 2

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 4

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3. Señor Dios mío, estad atento a mi oración (Ps., 60, 2), y escuche vuestra misericordia mi deseo, que no arde sólo para mí, sino quiere ser útil a la fraterna caridad; y Vos veis en mi corazón que así es. Os sacrifique yo la servidumbre de mi inteligencia y de mi lengua. Y dadme lo que he de ofreceros, porque soy pobre y mendigo (Ps., 65, 20), mas Vos sois rico para todos los que os invocan (Rom., 10, 12), Vos, que, exento de cuidados, cuidáis de nosotros. Circuncidad de toda temeridad y de toda mentira mis labios (Ex., 6, 12), interiores y exteriores. Sean vuestras Escrituras mis castas delicias: no me engañe yo en ellas, ni engañe a nadie con ellas. Señor, atended y compadeceos: Señor Dios mío, luz de los ciegos, fortaleza de los débiles y, a la vez, luz de los que ven y fortaleza de los fuertes: atended a mi alma, y oídla, que clama desde lo profundo (Ps., 129, 2). Porque si vuestros oídos no están también en lo profundo, ¿a dónde iremos?, ¿a quién clamaremos?

Vuestro es el día y vuestra es la noche (Ps., 73, 16); a vuestra voluntad vuelan los momentos: concedednos algún espacio para nuestras meditaciones sobre los secretos de vuestra Ley, y no cerréis sus puertas a los que llaman (Mt., 7, 7). Porque no en vano quisisteis se escribiesen los oscuros secretos de tantas páginas. ¿Acaso estos bosques sagrados no tienen sus ciervos (Ps., 28, 9), que en ellos se recojan y alberguen, que paseen y pasten, que descansen y rumien? Perfeccionadme, Señor, y reveládmelas (Ps., 28, 9). Mirad que vuestra voz (l. c.) es mi gozo; vuestra voz es sobre toda abundancia de deleites. Dadme lo que amo; pues amo, y este amor es don vuestro; no desamparéis vuestros dones, ni despreciéis a vuestra hierba sedienta.

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