Libro XI · Capítulo 23
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
Ahora, pues, no preguntaré qué es aquello que llamamos un día, sino qué es aquel tiempo con que midiendo el curso del sol, diríamos que lo había hecho en la mitad de tiempo de lo que suele, si lo hubiese hecho en un espacio de tiempo igual a doce horas; y comparando entrambos tiempos, diríamos que aquél es sencillo y este otro doble, aun dado que el sol alguna vez hiciese su recorrido de oriente a oriente en aquel tiempo sencillo, y alguna vez en este otro doble.
Nadie, pues, me diga que los tiempos son los movimientos de los cuerpos celestes; porque también cuando, por el deseo de un hombre, se paró el sol para que aquél rematase el victorioso combate, el sol estaba parado, pero el tiempo corría. Porque en su espacio de tiempo que le era suficiente se desarrolló y acabó aquel combate.
Veo, pues, que el tiempo es una cierta distensión. Pero ¿lo veo en realidad, o sólo me parece que lo veo? ¡Vos me lo mostraréis, oh Luz, oh Verdad!
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