Libro XI · Capítulo 23
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
29. Oí decir a cierto hombre docto que los movimientos del sol y la luna y las estrellas, esos mismos son los tiempos; y no asentí. ¿Por qué más bien los movimientos de todos los cuerpos no serían los tiempos? ¿Es que si se parasen las luminarias del cielo y se moviese la rueda del alfarero, no habría tiempo con que mediríamos aquellas vueltas y diríamos, o que tienen duraciones iguales, o si unas veces se moviesen más despacio, otras más de prisa, que unas vueltas tardaban más y otras menos? Y cuando estas cosas dijéramos, ¿no hablaríamos también nosotros en el tiempo? ¿Y acaso habría en nuestras palabras unas sílabas largas y otras breves, sino porque aquéllas habrían sonado más largo tiempo, éstas más corto?
Oh Dios, conceded a los hombres que vean en lo pequeño las nociones comunes a las cosas pequeñas y a las grandes. Son las estrellas y luminarias del cielo como señales de los tiempos y los días y los años (Gen., 1, 14): lo son, sin duda. Pero ni yo diré que la vuelta de aquella ruedecilla de madera sea el día, ni tampoco el otro dirá que por eso no hay tiempo.
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