Libro XI · Capítulo 27
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
34. Insiste, alma mía, y concentra fuertemente la atención. Dios es nuestro ayudador (Ps., 66, 9): Él nos ha hecho, y no nosotros (Ps, 99, 3). Mira dónde alborea la verdad.
Supongamos, por ejemplo, que una voz corporal empieza a sonar, y suena, y suena aún: he aquí que cesa y ya hay silencio, y aquella voz es ya pasada, y ya no es voz. Antes que sonara era futura y no se podía medir, porque aún no era; y ahora tampoco se puede, porque ya no es. Se podía, pues, entonces cuando sonaba, porque entonces había algo que medir; pero aun entonces no se estaba quieta, porque iba sonando y pasaba. ¿Acaso por eso podía serlo mejor? Porque mientras iba pasando se extendía por algún espacio de tiempo, en el cual pudiera ser medida, pues el presente no tiene ningún espacio.
Si, pues, entonces podía serlo, supongamos que otra voz comienza a sonar y aún sigue sonando con un tono continuado sin interrupción. Midámosla mientras suena; porque cuando hubiera dejado de sonar, ya habrá pasado y no habrá qué medir; midámosla totalmente, y digamos cuánto dura. Pero es el caso que aún sigue sonando, y medirse no puede sino desde su principio en que empezó a sonar hasta el fin en que cesa; pues lo que medimos es precisamente el mismo intervalo desde un principio hasta el fin. Por tanto, la voz que aún no ha terminado no puede medirse para decir qué larga o breve es, ni decirse igual a otra, o simple o doble o cosa semejante respecto de otra. Mas cuando hubiere acabado, ya no existirá: ¿cómo, pues, podrá ser medida?
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