Libro XI · Capítulo 27
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
36. En ti, alma mía, mido los tiempos. No me quieras trastornar lo que es; no te quieras trastornar con el tropel de tus impresiones. En ti, digo, mido yo el tiempo. La impresión que las cosas al pasar hacen en ti, y que, cuando ellas han pasado, permanece, esta misma es la que yo mido presente, no las cosas que pasaron y la produjeron; ésta es la que mido cuando mido el tiempo. Luego, o ella misma es el tiempo, o no mido el tiempo.
Pues ¿qué? Cuando medimos los silencios y decimos que aquel silencio duró tanto tiempo como duró aquella voz, ¿no extendemos el pensamiento a medir la voz como si sonase, para poder darnos alguna cuenta de aquel espacio de tiempo? Porque también callando la voz y la boca, recitamos con el pensamiento poemas y versos y toda clase de discursos y cualesquiera medidas de los movimientos, y nos damos cuenta de la duración de los tiempos, cuál sea la cantidad de éste respecto de aquél, no de otra suerte que si aquello de viva voz lo pronunciásemos.
Si alguno quisiere emitir una voz algo prolongada y determinase, premeditándolo, cuánta ha de ser su duración, este tal ha recorrido en silencio aquel espacio de tiempo, y encomendándolo a la memoria, empieza a emitir aquella voz que «suena» hasta llegar al término prefijado; o, mejor dicho, «ha sonado» y «sonará»; porque lo que se ha ejecutado de ella cierto es que «ha sonado», y lo que resta «sonará»; y así toda ella se cumple, mientras el esfuerzo presente traslada el futuro al pasado, creciendo el pasado con la disminución del futuro, hasta que, consumiendo el futuro, es todo pasado.
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