Santos Apóstoles · Kindle

Libro XII · Capítulo 11

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 3

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13. Por aquí entienda el alma, cuya peregrinación se ha prolongado, si ya tiene sed de Vos, si ya sus lágrimas han llegado a ser su pan, en tanto que le dicen cada día: ¿Dónde está tu Dios? (Ps., 43, 3): si ya una sola cosa os pide, y esta sola reclama: morar en vuestra casa todos los días de su vida (Ps., 26, 4) –y ¿cuál es su vida, sino Vos?, y ¿cuáles nuestros días, sino vuestra eternidad, como vuestros años que no fenecen porque sois siempre el mismo? (Ps., 101, 28)–; por aquí, pues, entienda el alma, la que es capaz, cuán soberanamente sobre todos los tiempos sois eterno, cuando vuestra casa, que no ha peregrinado [los ángeles], a pesar de que no es coeterna con Vos, sin embargo, por estar adherida incesante e inseparablemente a Vos, no padece vicisitud alguna de tiempo. Esto me parece claro en Vuestra presencia, y os suplico se me esclarezca más y más, y que en este conocimiento persevere yo humilde debajo de vuestras alas.

14. Veo no sé qué de informe en estas mudanzas de las cosas inferiores e inconsistentes; mas ¿quién me dirá–si no es alguno que con sus fantasmas divaga y se revuelve por los vacíos de su espíritu–, quién, sino un tal, me dirá que, si, destruida y consumida toda forma, quedase aquella informidad, por medio de la cual la cosa se mudaba y se convertía de una forma en otra, podría producir las vicisitudes de los tiempos? Porque de ningún modo puede; porque sin variedad de movimientos no hay tiempos; y ninguna variedad hay donde no hay forma alguna.

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