Libro XII · Capítulo 18
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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27. Oídas y consideradas todas estas cosas, no quiero contiendas de palabras, pues para nada aprovechan, sino para trastornar a los oyentes (2 Tim., 2, 14). Mas para edificación, buena es la ley, si alguno usa legítimamente de ella; porque su fin es la caridad, que nace de corazón puro y de buena conciencia y de fe no fingida (1 Tim., 1, 8 y 5); y sabe nuestro Maestro de qué dos preceptos hizo depender toda la Ley y los Profetas (Mt., 22, 40). Y confesando yo esto ardientemente, Dios mío, luz de mis ojos en lo interior, ¿qué mal se me sigue, pudiendo por estas palabras entenderse diversas cosas –que son, sin embargo, verdaderas–, qué mal se me sigue, repito, si yo entiendo cosa distinta de lo que otro entiende que intentó el que lo escribió? Sin duda, todos los que leemos nos esforzamos por indagar y comprender lo que quiso decir el autor que leemos; y cuando le creemos verídico, no osamos pensar que haya dicho cosa alguna que nosotros conocemos o juzgamos que es falsa. Así, pues, cuando cada cual se esfuerza por entender en las Escrituras santas lo que en ellas entendió el que las escribió, ¿qué mal hay en que entienda lo que Vos, luz de todas las mentes verídicas, le mostráis ser verdadero, aunque no lo entendió así el autor que lee, pues él también entendió algo verdadero, aunque no esto mismo?
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