Libro XII · Capítulo 22
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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Mas si en aquellas palabras: hizo el cielo y la tierra están comprendidas todas las cosas, ¿qué decir de las aguas, sobre las cuales era llevado el Espíritu de Dios? (Gen., 1, 2). Porque si con nombrar la tierra van incluidas todas ellas, ¿cómo por el nombre de la tierra se ha de entender ya la tierra informe, cuando vemos las aguas tan hermosas? Y dado que lo entendamos así, ¿por qué dice la Escritura que de la misma materia informe fue hecho el firmamento y llamado cielo, y no dice que fueran hechas las aguas? Porque no son ya informes ni invisibles las que vemos correr con tan hermoso aspecto. Y si tal hermosura recibieron cuando dijo Dios: Congréguese el agua que está bajo el firmamento (Gen., 1, 7), de suerte que esta reunión sea su misma formación, ¿qué se responderá de las aguas que están encima del firmamento, las cuales, de ser informes, no habrían merecido recibir tan honorable asientos ni está escrito con qué palabra fueron formadas?
De donde, si el Génesis calla haber hecho Dios alguna cosa, que, sin embargo, ni la sana fe ni la razón segura dudan haberla hecho Dios, ni por eso ninguna juiciosa doctrina osará decir que aquellas aguas son coeternas con Dios, porque en el libro del Génesis lo oímos mencionar, pero no hallamos cuándo hayan sido formadas, ¿por qué no hemos de entender, enseñados por la verdad, que también la materia informe que la Escritura llama tierra invisible e incompuesta ha sido por Dios hecha de la nada, y, por tanto, no es coeterna con Él, por más de que la narración bíblica haya dejado de contar cuándo fue hecha?
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