Libro XII · Capítulo 25
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
Mas que ellos pretendan que no sintió Moisés lo que yo digo, sino lo que ellos dicen, eso no lo acepto, no lo quiero; porque, aun dado que así fuese, sin embargo, semejante temeridad no proviene de ciencia, sino de audacia; ni es hija de visión, sino de hinchazón. Y, por tanto, Señor, espantosos son vuestros juicios; porque vuestra verdad ni es mía ni de aquél ni del otro, sino de todos nosotros, a quienes públicamente llamáis a la comunión de ella, amonestándonos terriblemente que no queramos retenerla en privado, para no ser privados de ella. Porque cualquiera que reserva para sí mismo lo que Vos ofrecéis para que sea disfrutado por todos, es rechazado del bien común a lo suyo propio: esto es, de la verdad a la mentira; porque el que habla mentira, habla de su cosecha (Jn., 8, 44).
35. Atended, pues –óptimo Dios, la misma Verdad–, a lo que voy a decir a este contradictor; atended, porque delante de Vos lo digo, y delante de mis hermanos, que usan legítimamente de la ley (1 Tim., 1, 8) hasta el fin de ella, que es la caridad (l. c., v. 5); atended y ved si os agrada lo que voy a decir. Porque a ese tal le dirijo esta palabra fraternal y pacífica: si ambos vemos que es verdad lo que Tú dices, y ambos vemos que es verdad lo que yo digo, pregunto: ¿en dónde lo vemos? Ciertamente, ni yo en ti ni tú en mí, sino ambos en la misma inmutable Verdad, que está sobre nuestras inteligencias. Pues siendo así que no contendemos acerca de la misma luz de nuestro Señor Dios, ¿por qué contender sobre el pensamiento del prójimo, que no podemos ver como se ve la inmutable Verdad, cuando, si el mismo Moisés se nos apareciese y dijese: «Esto pensé», ni aun así veríamos su pensamiento, sino que le creeríamos?
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