Libro XIII · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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3. ¿Qué mérito tuvo ante Vos la materia corporal para ser, al menos, invisible e incompuesta, cuando ni aun eso sería, sino porque Vos la hicisteis? Y, por tanto, pues no era, no podía merecer de Vos que la hicieseis. O ¿qué méritos tuvo ante Vos la incoación de la criatura espiritual [el ángel], ni aun siquiera para que flotase tenebrosa, semejante al abismo, desemejante a Vos, si por el mismo Verbo no hubiese sido convertida hacia el mismo por quien había sido hecha, e iluminada por Él, se trocase en luz, aunque no igual, pero, al menos, conforme a la forma, que es igual a Vos? Porque así como para un cuerpo no es lo mismo ser que ser hermoso –de otro modo, no podría ser deforme–, así también para un espíritu creado no es lo mismo vivir que sabiamente vivir; porque si así fuese, sería inmutable en sabiduría. Bueno es, sin embargo, para él estar unido a Vos (Ps., 72, 28) siempre, para que la luz que ha adquirido acercándose a Vos, no la pierda apartándose, y no vuelva a caer en la vida tenebrosa, semejante al abismo. Porque también nosotros, que en cuanto al alma, somos criatura espiritual, apartándonos de Vos, nuestra luz, en aquella vida fuimos algún tiempo tinieblas (Efes., 5, 8); y aún trabajamos envueltos en los residuos de nuestra oscuridad, hasta que seamos justicia vuestra en vuestro Unigénito, ya que antes fuimos juicios vuestros como un gran abismo (Ps., 35, 7).
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