Santos Apóstoles · Kindle

Libro XIII · Capítulo 8

Las confesiones · San Agustín de Hipona

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9. Cayó el ángel, cayó el alma del hombre, y mostraron el abismo de toda criatura espiritual en el profundo tenebroso, si no hubierais dicho desde el principio: Hágase la luz, y se hubiese hecho la luz; y si no se hubiese adherido a Vos toda inteligencia obediente de vuestra ciudad celestial, y reposado en vuestro Espíritu, que inmutablemente se cierne sobre todo lo mudable. De otra suerte, aun el mismo cielo del cielo sería en sí abismo tenebroso; mas ahora es luz en el Señor (Efes., 5, 8).

Pues aun en la misma mísera inquietud de los espíritus caídos y que muestran sus tinieblas desnudas de la veste de vuestra luz, bastantemente manifestáis cuán grande hicisteis la criatura racional, a la cual no puede bastar para el descanso bienaventurado todo lo que es menos que Vos, y, por tanto, ni ella se basta a sí misma. Porque Vos, Señor Dios nuestro, habéis de iluminar nuestras tinieblas (Ps., 17, 2); de Vos provienen nuestras vestiduras, y con ellas nuestras tinieblas serán como el mediodía (Ps., 138, 12). ¡Daos a mí, Dios mío; restituíos a mí! Ved que os amo, y si es poco, haced que os ame con más fuerza; porque no puedo medirlo para saber cuánto me falta de amor, para tener lo que basta para que mi vida corra a vuestros abrazos, y de ellos no se separe hasta esconderse en lo escondido de vuestra faz (Ps., 30, 21). Esto sólo sé; que sin Vos me va mal, no sólo fuera de mí, sino aun dentro de mí mismo; y que toda abundancia que no es mi Dios, es indigencia.

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