Libro XIII · Capítulo 15
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
16. ¿O quién, sino Vos, Dios nuestro, nos hicisteis en vuestra divina Escritura el firmamento de autoridad sobre nosotros? Porque el cielo se plegará como un libro (Isai., 24, 4), y ahora como una piel se extiende sobre nosotros (Ps., 103, 2). Porque de más sublime autoridad es vuestra divina Escritura, ya después que arrostraron la muerte aquellos mortales por cuyo ministerio nos la comunicasteis. Y Vos sabéis, Señor, Vos sabéis de qué manera vestisteis de pieles a los hombres cuando el pecado los hizo mortales.
Por eso extendisteis como una piel el firmamento de vuestro Libro, vuestras invariablemente concordes palabras, que por ministerio de hombres mortales pusisteis sobre nosotros. Porque por la misma muerte de ellos, el firmamento de autoridad de vuestros oráculos, pronunciados por ellos, se extiende más sublimemente sobre todo lo que está debajo; que mientras ellos vivían, no estaba tan sublimemente extendido. Porque aún no habíais Vos extendido el cielo como una piel; aún no habíais difundido por todas partes la fama de su muerte.
17. Haced que veamos, Señor, los cielos, obra de vuestras manos (Ps., 8. 4); disipad de nuestra vista la nube con que los tenéis encubiertos. Allí está vuestro testimonio, que presta sabiduría a los pequeñuelos (Ps., 18, 8). Sacad, Señor, perfecta alabanza de la boca de los infantes y lactantes (Ps., 8, 3). Porque no conocemos otros libros que así destruyan la soberbia; que así destruyan al enemigo y al defensor que, defendiendo sus pecados, resiste a reconciliarse con Vos. No conozco, Señor, otras palabras tan castas que así me persuadiesen la confesión de mis culpas, y doblegasen mi cerviz a vuestro yugo, y me invitasen a serviros gratuitamente. Que yo las entienda, Padre bueno: concédelo a mi sumisión, puesto que para los sometidos les habéis dado firmeza.
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