Libro XIII · Capítulo 15
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
18. Otras aguas hay sobre este firmamento (Gen., 1, 7) inmortales, creo yo, y apartadas de la corrupción terrena. Alaben vuestro nombre, que os alaben los sobrecelestiales pueblos de vuestros ángeles, los cuales no han menester alzar sus ojos a este firmamento y leyendo conocer vuestra palabra; porque ven siempre vuestra faz (Mt., 18, 10), y en ella leen, sin ayuda de sílabas sucesivas, lo que de ellos quiere vuestra eterna voluntad. Leen, eligen y aman. Siempre leen, y lo que leen nunca pasa: porque eligiéndola y amándola, leen la misma inconmutabilidad de vuestro consejo. No se cierra su códice ni se arrolla su libro, porque Vos mismo sois para ellos libro; y lo sois eternamente, porque los habéis colocado sobre este firmamento que afirmasteis sobre la flaqueza de estos pueblos inferiores, para que alzasen los ojos y conociesen vuestra misericordia, que con palabras temporales os anuncian a Vos que hicisteis los tiempos. Porque en el Cielo, Señor, está vuestra misericordia, y vuestra verdad se encumbra hasta las nubes (Ps., 35, 6). Pasan las nubes, pero el cielo permanece. Pasan de esta vida a la otra vida los predicadores de vuestra palabra, pero vuestra Escritura hasta el fin del mundo se extiende sobre los pueblos. Mas también el cielo y la tierra pasarán, pero vuestras palabras no pasarán (Mt., 24, 35). Porque también el cielo se plegará como una piel (Isai., 24, 4), y el heno, sobre el cual se extendía, con su esplendor pasará, pero vuestra palabra permanece eternamente (Isai., 40, 6-8). Ella se nos muestra ahora en el enigma de las nubes y por el espejo del cielo, no como es (1 Cor., 13, 12), porque tampoco nosotros, aunque seamos amados de vuestro Hijo, se ha manifestado aún lo que seremos (1 Jn., 3, 2). Él nos atisbó por las celosías de su carne (Cant., 2, 9), y nos acarició y nos abrasó; y corremos tras sus perfumes
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