Santos Apóstoles · Kindle

Libro XIII · Capítulo 18

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 4

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23. Porque con eterno consejo derramáis a sus propios tiempos bienes celestiales sobre la tierra. Porque a uno le es dado por el Espíritu lenguaje de sabiduría (1 Cor., 12, 8), como a luminaria mayor (Gen., 1, 16), por razón de aquellos que se deleitan en la luz de la verdad perspicua, como al principio del día (ib.,); mas a otro, lenguaje de ciencia, según el mismo Espíritu (1 Cor., 12, 8), como a luminaria menor (Gen., 1, 16); a otro, fe; a otro, don de curaciones; a otro, operaciones de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, variedades de lenguas (1 Cor., 12, 9-10); y todo esto como estrellas (Gen., 1, 10). Porque todas estas cosas obra un mismo y solo Espíritu, repartiendo sus propios dones a cada uno según quiere (1 Cor., 12, 11), en manifestación suya para común utilidad (ib., 7). Mas el lenguaje de la ciencia, en la cual se contienen todos los sacramentos, que varían con los tiempos como la luna, y las demás clases de dones que, como estrellas, quedan mencionados, cuanto distan de aquella claridad de la sabiduría, de que goza el mencionado día, tanto están al comienzo de la noche (Gen., 1, 16). Porque son necesarios a aquellos a quienes aquel prudentísimo siervo vuestro no pudo hablar como a espirituales, sino como a carnales (1 Cor., 3, 1); Aquél que habla sabidurías entre los perfectos (ib., 2, 6). Mas el hombre animal, como pequeñuelo en Cristo y que se alimenta de leche, hasta que se robustezca para tomar manjar sólido, y fortalezca la vista para mirar al sol, no tenga por abandonada a las tinieblas su noche, sino conténtese con la luz de la luna y de las estrellas.

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