Libro XIII · Capítulo 18
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 4
22. Así, Señor, así, os ruego, nazca –como Vos lo hacéis, como Vos dais la alegría y la fuerza– nazca de la tierra la verdad, y mire desde el cielo la justicia (Ps., 84, 12), y háganse luminarias en el firmamento (Gen., 1, 14). Partamos al hambriento nuestro pan, y al necesitado que carece de techo introduzcámosle en nuestra casa; vistamos al desnudo y no despreciemos a los compañeros de nuestro linaje (Isai., 58, 7). Y nacidos en nuestra tierra estos frutos, ved que es bueno (Gen., 1, 12); y rompa temprana nuestra luz (Isai, 58, 8), y tras esta inferior cosecha de acción, exhibiendo para delicias de la contemplación la superior palabra de vida, aparezcamos como luminarias en el mundo (Filip., 2, 16 y 15), fijos en el firmamento de vuestra Escritura. Porque allí discutís con nosotros para que hagamos división entre las cosas inteligibles y las sensibles, como entre el día y la noche (Gen., 1, 14), o entre las almas, entregadas unas a las cosas inteligibles y otras a las sensibles; de suerte que ya no solamente Vos en lo recóndito de vuestro discernimiento, como antes de ser hecho el firmamento, hagáis división entre la luz y las tinieblas (Gen., 1, 4), sino también vuestros espirituales, colocados en el mismo firmamento y distintos en méritos, manifestada ya por el orbe vuestra gracia, luzcan sobre la tierra, y hagan división entre el día y la noche y señalen los tiempos (Gen., 1, 14). Porque lo viejo pasó; ved, se ha hecho nuevo (2 Cor., 5, 17); y porque más cerca está nuestra salud que cuando abrazamos la fe (Rom., 13, 11); y porque la noche está avanzada y el día se avecina (ib., 12); y porque Vos coronáis con vuestras bendiciones el año (Ps., 64, 12), enviando trabajadores a vuestra mies, en cuya siembra otros trabajaron (Jn., 4, 38), y enviándolos también para otra siembra, cuya siega es
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