Santos Apóstoles · Kindle

Libro XIII · Capítulo 19

Las confesiones · San Agustín de Hipona

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24. Pero antes lavaos, purificaos, apartad la maldad de vuestras almas y de la vista de mis ojos (Isai., 1, 16), a fin de que aparezca la tierra seca (Gen., 1, 9); aprended a obrar el bien, haced justicia al huérfano, defended a la viuda (Isai., 1, 17), para que la tierra germine hierba de pasto y árboles frutales (Gen., 1, 11); y venid, discutamos, dice el Señor (Isai., 1, 18), para que se hagan luminarias en el firmamento del cielo, que luzcan sobre la tierra (Gen., 1, 14, 15).

Preguntaba aquel rico al Maestro bueno qué haría para alcanzar la vida eterna. Le dice el Maestro bueno –que el rico pensaba era hombre y nada más, pero que es bueno porque es Dios–, le dice que, si quiere llegar a la vida, guarde los mandamientos, aparte de sí la amargura de la malicia y de la iniquidad, no mate, no fornique, no hurte, no diga falso testimonio; para que aparezca la tierra seca y germine, honre a la madre y al padre y el amor al prójimo (Mt., 19, 16-18).

Todo esto, dijo, lo he hecho.

¿De dónde, pues, tantas espinas, si es tierra fructífera? Ve, arranca los salvajes zarzales de la avaricia; vende lo que posees y llénate de frutos dándolo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos, y sigue al Señor, si quieres ser perfecto (ib., 21), asociado a aquellos entre los cuales habla sabiduría (1 Cor., 2, 6) Aquél que sabe qué ha de distribuir al día y qué a la noche, para que también lo sepas tú, para que también para ti aparezcan luminarias en el firmamento del cielo (Gen., 1, 14); y eso no sucederá si no estuviere allí tu corazón; y eso tampoco sucederá si no estuviere allí tu tesoro (Mt., 6, 21), como lo oíste del Maestro bueno.

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