Santos Apóstoles · Kindle

Libro XIII · Capítulo 19

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 2

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Pero se entristeció (Lc., 18, 28) la tierra estéril, y las espinas ahogaron la palabra (Mt., 13, 7).

25. Mas vosotros, linaje escogido (1 Pedr., 2, 9), lo débil del mundo (1 Cor., 1, 27), que todo lo dejasteis por seguir al Señor (Lc., 18, 28), id en pos de Él y confundid lo fuerte (1 Cor., 1, 27); id en pos de Él, pies hermosos (Rom., 10, 15), y lucid en el firmamento, para que los cielos narren su gloria (Ps., 18, 2), haciendo división entre la luz de los perfectos –mas no todavía como la de los ángeles– y las tinieblas de los pequeñuelos, aunque no abandonados; resplandeced sobre la tierra (Gen., 1, 14-15); y el día, candente de sol, anuncie al día la palabra de sabiduría; y la noche, luciente de luna, anuncie a la noche la palabra de ciencia (Ps., 18, 3). La luna y las estrellas lucen por la noche; mas la noche no las oscurece, porque ellas la iluminan cuanto ella es capaz.

Ved aquí cómo al decir Dios: Háganse luminarias en el firmamento del cielo (Gen., 1, 4), se hizo súbitamente desde el cielo un estruendo como si pasase un viento impetuoso; y aparecieron lenguas divididas como de fuego, que se posó sobre cada uno de ellos (Act., 2, 2-3), y se hicieron en el firmamento del cielo luminarias que tenían palabra de vida. ¡Discurrid por doquier, fuegos santos, fuegos hermosos; porque vosotros sois la luz del mundo, y no estáis debajo del celemín (Mt., 5, 14-15). Aquél a quien os juntasteis ha sido exaltado (Jn., 12, 32), y os exaltará a vosotros. Discurrid y daos a conocer a todas las gentes.

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