Santos Apóstoles · Kindle

Libro XIII · Capítulo 20

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 2

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27. ¿Acaso miento, o confundo y mezclo y no distingo el lúcido conocimiento de estas cosas en el firmamento del cielo, y las obras corporales en el proceloso mar y bajo el firmamento del cielo? Porque aquellas cosas cuyo conocimiento es firme y acabado, sin que reciba aumento en las generaciones, como son las lumbreras de la sabiduría y de la ciencia; estas mismas cosas tienen operaciones corporales muchas y variadas; y procediendo las unas de las otras, se multiplican por vuestra bendición, oh Dios, que habéis consolado el fastidio de los sentidos mortales, de suerte que una cosa única en el conocimiento del alma, sea por los movimientos del cuerpo de muchas maneras figurada y expresada. Las aguas produjeron estas cosas, pero por vuestra palabra; las necesidades de los pueblos produjeron estos efectos, pero por vuestro Evangelio: porque las echaron de sí las mismas aguas, cuya amarga languidez fue causa de que con vuestra palabra tuviesen efecto.

28. Hermosas son todas las cosas, como hechas por Vos; mas he aquí que Vos, que todas las hicisteis, sois inenarrablemente más hermoso. Si de Vos no se apartara Adán con su caída, no se difundiera de su vientre el salitre del mar, esto es, el linaje humano, profundamente curioso, tempestuosamente hinchado e inestablemente movedizo; y así no fuera menester que vuestros ministros obrasen corporal y sensiblemente en las muchas aguas místicas acciones y palabras –que así se me representan ahora los reptiles y volátiles–, con las cuales acciones y palabras imbuidos e iniciados los hombres sometidos a los sacramentos corporales, no avanzarían más allá, si el alma no se esforzase a otro grado de vida espiritual, y si después de la palabra de iniciación no pusiese los ojos en la consumación (Heb., 6, 1).

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