Santos Apóstoles · Kindle

Libro XIII · Capítulo 21

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 4

Letra pequeñaMedianaGrande

30. Obren ya, pues, en la tierra vuestros ministros, no como en las aguas de la infidelidad, predicando y hablando por medio de milagros y sacramentos y de místicas palabras, con que atraen la atención de la ignorancia, madre de la admiración, por el temor de los prodigios misteriosos –porque tal es la entrada a la fe para los hijos de Adán, olvidados de Vos, mientras se esconden de vuestro rostro (Gen., 3, 8) y se tornan abismo–, sino obren también como en la tierra seca, separada de las profundidades del abismo; y sean dechado para los fieles (1 Tes., 1, 7), viviendo delante de ellos y excitándolos a la imitación. Porque de este modo, no sólo para oírlo, sino también para obrarlo, oyen los fieles: Buscad a Dios y vivirá vuestra alma (Ps., 68, 38), para que la tierra produzca el alma viviente (Gen., 1, 24). No os conforméis con este siglo (Rom., 12, 2): absteneos de él. Vive el alma evitando aquellas cosas por cuya apetencia muere. Absteneos de la cruel fiereza de la soberbia, de la indolente voluptuosidad de la lujuria y de la falsamente llamada ciencia (1 Tim., 6, 20), a fin de que las fieras se amansen y las bestias se domen y las serpientes sean inofensivas; porque eso son, en alegoría, los movimientos del alma. Pero la fastuosidad y el deleite de la libídine y el veneno de la curiosidad son movimientos del alma muerta; que no muere ella de suerte que carezca de todo movimiento; porque separándose de la fuente de la vida es como muere (Jer., 2, 13) y es arrebatada por la corriente del siglo, que pasa, y a él se conforma.

Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.