Libro XIII · Capítulo 21
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 4 de 4
31. Pero vuestra palabra, ¡oh Dios!, es la fuente de la vida eterna y no pasa; y por eso, con vuestra palabra se cohíbe nuestro apartamiento de Vos cuando se nos dice: No os conforméis con este siglo; para que la tierra produzca, en la fuente de la vida, el alma viviente: con vuestra palabra, por medio de vuestros evangelistas, el alma continente, imitando a los imitadores de vuestro Cristo (1 Cor., 11, 1). Porque eso quiere decir según su género (Gen., 1, 24), puesto que el hombre se estimula a imitar al amigo: Sed, dice, como yo, pues también yo me hice como vosotros (Gal., 4, 12).
De esta suerte, en el alma viviente habrá fieras buenas por la mansedumbre de sus acciones; porque Vos así lo mandasteis, diciendo: Perfecciona tu obra con la mansedumbre, y amado serás de todo hombre (Eccl., 3, 19). Y habrá bestias buenas, que no abundarán si comen, ni escasearán si no comen (1 Cor., 8, 8), y serpientes buenas, no perniciosas para dañar, sino astutas para cautelar, y exploradoras de la naturaleza temporal, tanto cuanto basta para que por el conocimiento de las cosas creadas se vislumbre la eternidad (Rom., 1, 20). Porque sirven a la razón estos animales cuando, refrenados en sus avances mortíferos, viven y son buenos (Gen., 1, 25).
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