Libro XIII · Capítulo 21
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 4
29. Y por eso, en vuestra palabra, no la profundidad del mar, sino la tierra separada de la amargura de las aguas, produce, no reptiles de almas vivientes y volátiles, sino el alma viviente. Porque ya no tiene necesidad del bautismo, que es necesario para los gentiles, como la tenía cuando estaba cubierta por las aguas; puesto que no de otra suerte se entra en el reino de los Cielos, desde que Vos instituisteis que se entre de esta manera (Jn., 35). Ni busca grandiosas maravillas de donde nazca su fe, pues no es de aquellos que si no ven señales y prodigios no creen (Jn., 4, 48); porque es ya tierra fiel, separada de las aguas del mar, amargas por la infidelidad; y las lenguas como señal, no para los fieles, sino para los infieles (1 Cor., 14, 22).
Esta tierra que Vos fundasteis sobre las aguas (Ps., 135, 6) tampoco tiene necesidad de este género de volátiles que las aguas, por vuestra palabra, produjeron. Arrojad sobre ella vuestra palabra por medio de vuestros mensajeros –puesto que sus obras narramos, pero sois Vos el que en ellos obráis– para que ellos produzcan el alma viviente. La tierra es quien la produce pero la tierra es la causa de que vuestros mensajeros produzcan estos efectos en ella; como el mar fue la causa de que ellos produjesen los reptiles de alma viviente y los volátiles bajo el firmamento del Cielo; de quienes la tierra ya no necesita, por más que coma el Pez extraído del profundo, en aquella mesa que preparasteis delante de los creyentes (Ps., 22, 5); pues para esto fue extraído del profundo, para que alimente a la tierra [a la Iglesia].
Capítulo anteriorÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.