Libro XIII · Capítulo 23
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
33. Y que juzga de todas las cosas quiere decir que tiene poder sobre los peces del mar y las aves del cielo, y sobre todos los ganados y las fieras, y sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que repta sobre la tierra (Gen., 1, 26); pues lo ejerce por el entendimiento del alma, con que percibe las cosas que son del Espíritu de Dios (1 Cor., 2, 14). Por lo demás, el hombre constituido en honor, no tuvo discernimiento; se asemejó a los jumentos irracionales, y se hizo como uno de ellos (Ps., 48, 13). En vuestra Iglesia, pues, Dios nuestro, según la gracia que les disteis (puesto que hechura vuestra somos creados para buenas obras), no sólo aquellos que espiritualmente presiden, sino también aquellos que espiritualmente se someten a los que presiden –porque varón y hembra hicisteis al hombre (Gen., 1, 27) de esta manera según vuestra gracia espiritual, donde según el sexo del cuerpo no hay varón ni hembra, pues tampoco hay judío ni gentil, esclavo ni libre (Gal., 3, 28)–, los espirituales, pues, tanto los que presiden como los que obedecen, juzgan espiritualmente: no de los conocimientos espirituales que resplandecen en el firmamento, pues no conviene juzgar de tan sublime autoridad; ni tampoco de vuestro mismo Libro, aunque haya en él algo que no resplandezca; porque sometemos a él nuestro entendimiento, y tenemos por cierto que aun lo que está cerrado a nuestras miradas está dicho con rectitud y veracidad. Porque así es como el hombre, bien que ya espiritual y renovado para el conocimiento de Dios conforme a la imagen de Aquél que lo creó (Colos., 3, 10), ha de ser, sin embargo, cumplidor de la Ley, no juez.
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