Libro XIII · Capítulo 24
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 4
35. Pero ¿qué es esto, y qué misterio hay en ello? He aquí que bendecís, oh Señor, a los hombres, para que crezcan y se multipliquen y llenen la tierra (Gen., 1, 28). ¿Nada nos indicasteis en esto, para que algo entendamos por qué no bendijisteis del mismo modo a la luz, que llamasteis día, ni al firmamento del cielo, ni a sus lumbreras, ni a las estrellas ni a la tierra ni al mar?
Yo diría, Señor Dios nuestro, que nos criasteis a vuestra imagen; yo diría que Vos quisisteis otorgar particularmente al hombre este don de la bendición, si no hubieseis de esta manera bendecido a los peces, y cetáceos para que creciesen y se multiplicasen, y henchisen las aguas del mar, y las aves se multiplicasen sobre la tierra (Gen., 1, 22).
Asimismo diría yo que esta bendición pertenece a los géneros de los seres que se propagan engendrando de sí mismos, si la hallase en los arbustos y frutales y en las bestias de la tierra. Ahora bien: ni a las hierbas y árboles se dijo, ni a las bestias ni a las serpientes: Creced y multiplicaos, siendo así que todos estos seres, lo mismo que los peces y las aves y los hombres, por generación se aumentan y conservan su especie.
36. ¿Qué diré, pues, oh Luz mía, oh Verdad? ¿Que huelgan estas palabras, porque fueron dichas sin objeto? ¡De ninguna manera, oh Padre de piedad! Lejos esté de decir esto el siervo de vuestra palabra. Y si yo no entiendo lo que con esta expresión significáis, usen mejor de ella otros mejores, esto es, mas inteligentes que yo, según el tanto de saber que a cada cual disteis.
Pero sea agradable a vuestros ojos mi confesión con que os confieso que creo que Vos no en vano hablasteis así; y no callaré lo que la ocasión de esta lectura me sugiere.
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