Santos Apóstoles · Kindle

Libro XIII · Capítulo 24

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 4

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37. Ahora, pues, si consideramos, no alegóricamente, sino en su sentido propio, la naturaleza de las cosas, a todas las que por simientes son engendradas conviene la palabra: Creced y multiplicaos. Pero si consideramos estas cosas tomándolas en sentido figurado –y éste pienso más bien que fue el intento de la Escritura, que no en vano, sin duda, atribuyó esta bendición a las generaciones de los acuáticos y de los hombres–, hallamos, ciertamente, multitudes en las criaturas espirituales, y en las corporales, como en el cielo y la tierra y en las almas justas y en las inicuas, como en la luz y en las tinieblas; y en los santos autores por los cuales nos fue comunicada la Ley, como en el firmamento que entre las aguas fue afirmado; y en la sociedad de los pueblos amargantes, como en el mar; y en el deseo de las almas piadosas, como en la tierra seca; y en las obras de misericordia según la vida presente, como en las hierbas de sementera y en los árboles frutales; y en los dones del Espíritu, manifestados para utilidad, como en las lumbreras del cielo; y en las pasiones reguladas por la templanza, como en el alma viviente. En todas estas cosas hallamos multitudes y fecundidad e incrementos; pero algo que crezca y se multiplique de suerte que una misma cosa sea enunciada de muchas maneras, y una sola enunciación sea da muchas maneras entendida, eso no lo hallamos sino en los signos corporalmente expresados y en los conceptos inteligiblemente entendidos. Por las generaciones de las aguas entendemos los signos corporalmente expresados, necesarios por causa de nuestra profunda carnalidad; y por las generaciones humanas entendemos los conceptos inteligiblemente entendidos por la fecundidad de la razón.

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